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Capítulo XII: “El Inter se lo merece”

La sala de juntas se había convertido en un improvisado horno de tácticas y mentalidades de juego. Tanto Ramsés como Paolo exponían ideas y soluciones a las carencias del equipo. Habían confeccionado incluso un borrador sobre posibles fichajes a hacer. Aunque primero, querían evaluar a la actual plantilla. Además, no sabían de cuanto dinero dispondrían para acometer la entrada en el mercado. Dos toques en la puerta indicaban que alguien quería entrar.

– Adelante – Dijo Ramsés, extrañado ya que faltaban aún casi 30 minutos para la rueda de prensa.

Luigi, el doctor que estaba tratando los sueños de Ramsés entró en la habitación.

– Ah, Luigi. Ya te esperábamos. Mira, este es…

– Se quién es, Ramsés. Aunque por lo que veo, Paolo no se acuerda de mí. ¿No piensas saludar a tu ex cuñado?

En ese momento, Paolo se dió cuenta de quién era.

– ¡Maldito Luigi! ¿Qué demonios haces tú aquí? ¡Cuánto me alegro de verte!

Ramsés se quedó atónito. No entendía como su mejor amigo y el doctor que estaba siguiendo sus extraños sueños se podían conocer.

– Ramsés, no te asustes. Aquí tu amigo Paolo estuvo saliendo casi cuatro años con mi hermana. Pero de eso hace mucho tiempo y no nos hemos vuelto a ver desde entonces.

Aquella situación no podía ser más extraña. Aunque ninguno en ese momento se había parado a comprenderlo, el destino quería que aquellos hombres fueran los elegidos para comenzar una nueta etapa en aquel club de Milán. Siguieron charlando durante unos diez minutos. De repente, Ramsés se desmayó. Aunque Paolo quiso ir a buscar ayuda, Luigi le rogó que no lo hiciera.

– Ramsés, soy Luigi. ¿Puedes escucharme? Se que estás sumido en uno de tus sueños; cuéntamelo.

Setaú había cambiado. Mal afeitado, sin peluca, vestido con una túnica de piel de antílope con múltiples bolsillos, no se parecía mucho al estudiante admitido en la mejor universidad del país. Si uno de los guardias de palacio no lo hubiera reconocido, habría sido expulsado sin contemplaciones.

-¿Qué ha sucedido?

-Ejerzo mi oficio y mantengo mi palabra.

-¿Dónde piensas llevarme?

-Ya lo verás… A menos que el miedo haga de ti un perjuro.

La mirada de Ramsés llameó.

-Vamos.

Encaramados en unos asnos, cruzaron la ciudad, salieron por el sur, bordearon un canal, luego se desviaron hacia el desierto, en dirección a una antigua necrópolis. Era la primera vez que Ramsés abandonaba el valle para entrar en un mundo inquietante, en el que la ley de los hombres no tenía vigencia.

-Esta noche habrá luna llena -precisó Setaú con ojos golosos-. Todas las serpientes irán a la cita.

Los asnos siguieron una pista que el príncipe habría sido incapaz de identificar; con paso seguro, y a buena marcha, penetraron en el cementerio abandonado.

A lo lejos, el azul del Nilo y el verde de los cultivos. Allí, la arena estéril hasta donde alcanzaba la vista, el silencio y el viento. Ramsés comprendió en su carne por qué las gentes del templo llamaban al desierto «la tierra roja de Seth>, el dios de la tormenta y del fuego cósmico. Seth había quemado el suelo en aquellas soledades, pero también purificado a los humanos del tiempo y de la corrupción. Gracias a él
habían podido construir moradas de eternidad en las que las momias no se pudrían.

Ramsés respiró el aire vivificante.

El faraón era el amo de aquella tierra roja, así como de la tierra negra, fértil y limosa, que daba a Egipto abundantes alimentos. Debía conocer sus secretos, utilizar su fuerza y dominar sus poderes.

-Si lo deseas, aún estás a tiempo de echarte atrás.

-Que la noche llegue rápido.
La noche caía; el sol se volvía anaranjado; el desierto, una extensión dorada recorrida por velos dearena que el viento transportaba de una duna a otra.

-Desnúdate -ordenó Setaú.

Cuando el príncipe estuvo desnudo, su amigo lo untó con una mixtura a base de cebolla que él había triturado y diluido en agua.

-Las serpientes sienten horror por este olor -explicó-. ¿Qué función te han confiado?

-Ninguna.

-¿Un príncipe ocioso? ¡Una jugarreta mas de tu ayo!

-No, es una orden de mi padre.

-Se diría que has fracasado en la prueba del toro.

Ramsés se negaba a esta evidencia; sin embargo, ella aclaraba su alejamiento.

-Olvida la corte, sus intrigas y sus golpes bajos; ven a trabajar conmigo. Las serpientes son enemigos terribles pero al menos no mienten.

Ramsés se sintió conmovido. ¿Por qué su padre no le había dicho la verdad? Así pues, se había burlado de él, sin dejarle la menor posibilidad de probar su valor.

-Ahora viene una verdadera prueba; para estar inmunizado, debes tomar un brebaje desagradable y peligroso, hecho a base de tubérculos de plantas urticantes. Aminora la circulación de la sangre, a veces hasta el punto de detenerla… Si vomitas, estás muerto. Esta experiencia no se la propondría a Ameni; tu robusta constitución debería soportarla. Luego, resistirás la mordedura de algunas serpientes.

-¿No de todas?

-Para las más grandes hay que inyectarse cada día una pequeña dosis de sangre de cobra diluida. Si te conviertes en un hombre del oficio, te beneficiarás de ese tratamiento de favor. Bebe.

El sabor era horrible.

El frío se insinuó en sus venas, Ramsés sintió las náuseas al borde de los labios.

-Resiste.

Vomitar el dolor que le roía, vomitar, tenderse y dormir…

Setaú tomó la muñeca de Ramses.

-¡Resiste, abre los ojos!

El príncipe se recobró; Setaú nunca lo había vencido en la lucha. Su estómago se distendió, la sensación de frío se atenuó.

-Eres muy robusto, pero no tienes ninguna posibilidad de reinar.

-¿Por qué?

-Porque has confiado en mi; podría haberte envenenado.

-Tú eres mi amigo.

-¿Qué sabes tú?

-Lo sé.

-Yo sólo confió en las serpientes. Obedecen a su naturaleza y no la traicionan. Con los hombres es diferente. Se pasan la vida haciendo trampas y sacando provecho de sus timos.

-¿Tú también?

-Yo he abandonado la ciudad y vivo aquí.

-Si mi existencia hubiera estado en peligro, ¿no me habrías cuidado?

-Ponte esta túnica y salgamos, eres menos estúpido de lo que pareces.

En el desierto, Ramsés vivió una noche maravillosa. Ni las risas siniestras de las hienas, ni los ladridos de los chacales, ni los mil y un sonidos extraños procedentes de otro mundo turbaron su embeleso.

Setaú caminaba delante, golpeando el suelo con un largo bastón. Se dirigía hacia un montículo depiedras que el resplandor de la luna llena transformaba en castillo encantado. Siguiendo a su guía, Ramsés ya no pensaba en el peligro. En la cintura, el especialista llevaba amarrados unos saquitos que contenían medicamentos de primeros auxilios, en caso de mordedura.

Se detuvo al pie del montículo.

-Mi maestro vive aquí -manifestó Setaú-. Quizá no aparezca, pues no le gustan los extraños.

Seamos pacientes y roguemos al invisible que nos conceda su presencia. Setaú y Ramsés se sentaron como hacían los escribas. El príncipe se sentía ligero, casi aéreo,
gustaba del aire del desierto como de una golosina. El cielo con miles de estrellas había sustituido los muros de la sala de clases.

Una forma elegante y sinuosa se destacó del centro del montículo. Una cobra negra, de un metro y medio de largo, con escamas brillantes, salió de su cubil y se enderezó, majestuosa. La luna la adornaba con un aura argentina, mientras su cabeza oscilaba, dispuesta al ataque.

Setaú se adelantó y la lengua de la cobra negra emitió un silbido. Con un ademán, el encantador de serpientes le indicó a Ramsés que se pusiera a su lado. Intrigado, el reptil se balanceó; ¿a qué intruso atacaría primero?

Avanzando dos pasos, Setaú se colocó a sólo un metro de la cobra. Ramsés lo imitó.

-Tú eres la señora de la noche y fecundas la tierra para que sea fértil -dijo Setaú con su voz más grave, muy lentamente, separando cada sílaba.

Repitió el encantamiento unas diez veces, y pidió a Ramsés que salmodiara a su vez.

La música de las palabras pareció calmar a la serpiente. En dos ocasiones se adelantó para morder, pero se detuvo muy cerca del rostro de Setaú. Cuando éste posó la mano en la cabeza de la cobra, ésta se inmovilizó.

Ramsés creyó ver un fulgor rojo en sus ojos.

-Tu turno, príncipe.

El joven tendió el brazo; el reptil se abalanzó sobre él.

Ramsés creyó sentir la mordedura, pero la boca no había vuelto a cerrarse, tanto le incomodaba el olor a cebolla del agresor.

-Pon tu mano sobre su cabeza.

Ramsés no tembló. La cobra pareció retroceder. Los dedos juntos tocaron la cabeza de la serpiente negra. Durante unos instantes, la señora de la noche se había sometido al hijo del rey.

Setaú tiró a Ramsés hacia atrás; el ataque de la cobra se perdió en el vacío.

-Exageras, amigo; ¿acaso olvidas que las fuerzas de las tinieblas jamás son vencidas? Una cobra, el ureus, corona la frente del faraón; si ella no te hubiera admitido, ¿qué habrías hecho?

Ramsés soltó el aliento y contempló las estrellas.

-Eres imprudente, pero tienes suerte: contra la mordedura de esta serpiente no existe antídoto alguno.

Ramsés tardó en recuperarse. Mientras Luigi sostenía un vaso de agua para su paciente, Paolo permanecía petrificado en el sofá de la sala. Mientras Ramsés se recuperaba, el médico le explicó al tercero en discordia lo sucedido. Si Paolo iba a acompañarles en la aventura, debía conocer la verdad. Pero la explicación fue interrumpida:

– Os esperan en la sala de prensa.

El momento de la verdad había llegado. No podían echarse atrás.

– Ramsés -dijo Paolo- ¿estás seguro de lo que vas a hacer? ¿Te sientes capacitado para esto?

El joven entrenador no se pensó la respuesta.

– Si el caminar se demuestra andando, hoy empiezo mi camino, Paolo. Vamos a demostrar que estamos capacitados para llevar este equipo a lo más alto. El Inter se lo merece.

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