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Capitulo VII:”Tú serás dueño de tus actos”

El tiempo había pasado muy deprisa en la consulta del doctor. Ya llevaban cinco horas de esa “primera toma de contacto”. Pero ni a Ramsés ni al médico le importaba. Estaban avanzando con pasos agigantados. De vez en cuando, paraban para tomar una copa de vino. El joven doctor disponía también de una buena bodega; a los tragos, los acompañaban con queso.

– Vaya horas que son, Ramsés. Llevamos toda la tarde aquí. ¿Cómo te sientes?

– Perfectamente, Luigi. Creo que llevaba esperando esto mucho tiempo. ¿Podemos continuar?

– ¡Menudo aguante! ¿Qué te parece si llevamos esta primera sesión un poco más allá?

– ¿Qué quiere decir? – Ramsés no ocultó su intriga y esperaba que el doctor le diese una buena excusa. Realmente, estaba deseando continuar con aquello.

– Debido a que tú no controlas exactamente cuando aparecen los sueños, me gustaría someterte a hipnosis. Además de conocer en primera persona este sueño podré reprogramar tu subconsciente para que no abandones los sueños nunca más. A partir de hoy, deberás vivirlos completamente e ir comentándome todo lo que ocurra.

Ramsés se quedó atónito. ¿Hipnosis? El quería acabar con aquellos sueños de una vez o, al menos, descubrir su significado. Pero aquello de la hipnosis no le gustó. Tenía miedo. No sabía cuales eran sus consecuencias. El doctor se percató de que Ramsés dudaba.

– Ramsés, no debes tener miedo. Es una hipnosis limpia. En todo momento tú serás dueño de tus actos y, si te sientes mal, solo tienes que decirmelo. Ya te dije esta mañana que la confianza era necesaria. Debes confiar en mí. Te aseguro que después de la hipnosis, vas a verlo todo de una forma muy distinta.

Por primera vez, el paciente dudaba si aquello era buena idea. ¿Y si ese doctor solo era un farsante y quería contar a la prensa todo lo que le pasaba para desprestigiarle? No… Aquel hombre le había demostrado a lo largo del día que sabía de lo que hablaba. ¡Qué demonios! No tenía nada que perder. Ramsés accedió a la prueba. El doctor sacó su reloj de bolsillo y comenzaron con al hipnosis.

– Cuéntame, Ramsés… ¿Qué ves?

Pero Ramsés estaba demasiado mal como para hablar. Por primera vez en su vida, luchaba contra sí mismo para no volver a la realidad. Quería llegar al fondo de este asunto y descubrir la verdad.

-Veo… Veo…

– Dimelo, Ramsés. ¿Qué ves? – La expectación del doctor crecía por momentos.

El toro salvaje, inmóvil, miraba fijamente al joven Ramsés.El animal era enorme; con las patas gruesas como columnas y largas orejas colgantes, una barba tiesa en la mandíbula inferior y el pelaje pardo y negro, acababa de sentir la presencia del muchacho. Ramsés estaba fascinado con los cuernos del animal, unidos y abultados en la base antes de curvarse hacia atrás y dirigirse hacia arriba, formando una especie de casco terminado en puntas aceradas, capaces de desgarrar la carne de cualquier adversario.

El muchacho jamás había visto un toro tan grande.

El animal pertenecía a una raza temible, que los mejores cazadores dudaban en desafiar; apacible en medio del rebaño, compasivo con sus congéneres heridos o enfermos, atento al cuidado de los toros jóvenes, el macho se convertía en un guerrero aterrador cuando se turbaba su quietud. Furioso a la menor provocación, embestía a una velocidad sorprendente y no se calmaba hasta abatir a su adversario.

Ramsés retrocedió un paso.

La cola del toro salvaje fustigó el aire; lanzó una mirada feroz al intruso que había osado aventurarse en sus tierras, unos pastos cercanos a un marjal en el que crecían altas cañas. No lejos de allí, una vaca paría, rodeada por sus compañeras. El gran macho reinaba en su manada y no toleraba ninguna presencia extraña.

El joven había confiado en que la vegetación lo ocultaría; pero los marrones ojos del toro, hundidos en las órbitas, no lo abandonaban. Ramsés comprendió que no tendría escapatoria.

Lívido, se volvió lentamente.

Ramsés volvió en sí con muchos sudores y con un doctor que le miraba con muchísima expectación.

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