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Capítulo V: “Es tu día de suerte”

Otro maldito sueño había hecho que Ramsés se desvelara a eso de las 6:15 de la mañana. Le pareció una absurda tontería intentar conciliar de nuevo el sueño, por lo que se afeitó (dejándose una pequeña perilla) y se duchó. Después, bajó por el periódico.

– Buenos días, señor Espinoso. Al bisogno si conosce l’amico (En el peligro, se conoce al amigo).

– Ah, señorito Ramsés. Dagli amici mi guardi Dio che dai nemici mi guardo io (Del agua mansa, líbreme Dios, que de la brava ya me libro yo).

– Siempre me pilla, ¿eh?

Desde que Ramsés vivía en el barrio, el quiosquero sexagenario Espinoso era de los pocos con los que había hecho buenas migas. Tras comprar los dos o tres diarios deportivos que acostumbraba a leer en el desayuno, subió por las escaleras; si podía evitar el ascensor, lo hacía.

Mientras intentaba introducir la llave a tientas para no tener que encender la luz del corredor, pasó algo que no esperaba. Una linda muchacha, de unos 27 o 28 años, acababa de salir del ascensor cargada de cajas. Ramsés intentó ir a ayudarla, pero en ese momento algo se torció. El aire se le entrecortó en la garganta, sus ojos se cegaron… Un mareo…

De nuevo se encontraba en ese maldito mundo que tanto odiaba. Esta vez, estaba junto a un río, al lado de un cañaveral.

Una linda muchacha, bastante joven y que no alcanzaba la mayoría de edad se encontraba junto a él, mirándole con muchísima ternura.

Esta vez, Ramsés si quiso quedarse en el sueño. Pero tal vez su subsconciente, acostumbrado ya a salir de estos letargos, volvía a la realidad.

– ¿Hola? ¿Cómo te encuentras? ¿Me escuchas? – La muchacha del ascensor sostenía una botella de agua.

– Creo que bien… ¿Qué ha pasado? – Preguntó Ramsés, tocándose la cabeza; el prominente chichón era la secuela tras el golpe.

– Te has quedado mirándome y de pronto te has desmayado. No se si tomármelo como un halago o un insulto. – La muchacha acompañó sus palabras con una tierna sonrisa dedicada al muchacho. – Por eso te he echado agua, para que volvieras en ti. Me has asustado mucho.

– Lo siento… Esto jamás me había pasado.

– ¡Hoy debe ser tu día de suerte! No suelo estar presente en los desmayos de la gente. ¿Cómo te llamas?

– Ramsés… – Dijo, mientras se incorporaba poco a poco.

– ¡Caray! Es la primera vez que conozco a alguien con ese nombre. Yo soy Cia Parodi.

– ¿Cia? ¡No puedes quejarte de nombres raros!

– Es el diminutivo de Lucia, don caballeroso.

– Vaya, acabo de quedar fatal. Perdona la descortesía pero… ¿Qué hacías con esas cajas?

– Soy tu nueva vecina. Se que esperabas a una supermodelo, pero esto es lo que hay chico. Tenemos que llevarnos bien… Quiero tener alguien a quien pedirle la sal.

Después de un rato hablando, ambos muchachos se despidieron. Ramsés acababa de sentir lo mismo que cuando escuchó al médico paranormal por teléfono… Parecía que conocía a aquella chica desde hacía mucho tiempo.

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