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Capítulo II: Esperando para entrar

¡Perfecto! Era su primera cita y llegaba casi una hora tarde. Confiaba en que por alguna extraña razón, su reloj estuviese adelantado. Total, llevaba casi un año sin coger aquel reloj tan “lujoso”. ¿Y por qué no? Tal vez era su día de suerte y no era tan tarde.

Aquel pensamiento tan feliz se desvaneció nada más observar la hora en un luminoso de la pared del hospital, el cual mostraba la información en modo marquesina. Sí, eran las 10:58 y llegaba tarde. Pero también llegaba empapado en agua. ¿Acaso no se había retrasado por culpa del temporal? Pero… ¿A quién quería engañar? Tan solo era una mala excusa que recordaba a la que dan los niños de primaria al no llevar los deberes hechos.

Lo único bueno de aquella situación era que nadie lo había reconocido. Tampoco era una estrella, ni un famoso de la prensa del corazón… Pero tan solo una semana antes había salido en muchos periódicos del país. Después de una temporada mágica para los aficionados, había conseguido dejar quinto en la Liga B italiana al UC Albino Leffe, de la ciudad de Bérgamo; un club cuanto menos modesto del fútbol transalpino que, para colmo de males, era de los más escuetos en cuanto a economía se refiere.

Por suerte para él, le gustaba aquella situación. Ramsés no tenía un pelo de engreído. Pensaba que nunca sería lo suficientemente bueno como para andar con el pecho inflado y presumiendo de quien era. A decir verdad, sintió algo de pánico. ¿Acaso no estaba en la sala de psiquiatría? ¡Vaya donde había acabado! Él, que siempre había gozado de una salud mental inquebrantable, que jamás había sufrido el mínimo atisbo de depresión, estrés u otro problema mental. Pensó en coger su chaqueta y salir corriendo de allí. Pero se lo había prometido a su hermano. Y.. ¡Qué demonios! Quizás aquel doctor podría ayudarlo a conciliar de una vez por todas el sueño que tanto se le resistía.

Tuvo que pagar el tremendo error de llegar tarde esperando a que todos los demás pacientes abandonaran el ala tras la inspección del doctor Giammattei. Casi tres horas después, la ayudante del doctor le hizo pasar. Aunque la distancia entre la sala de espera y la consulta era escasa a Ramsés se le hizo eterna. Muchísimas preguntas se agolparon en su mente… ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Trascendería aquella visita a la prensa, y por extensión, a sus nuevos jefes? ¿Lo tomarían por un loco demente al que habría que encerrar? Cuando la enfermera le abrió la puerta gentilmente para entrar deseó no haber acudido nunca a esa maldita casa de locos.

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